Posteado por: bliques | marzo 24, 2010

Duques viajero

      ACTIVIDAD “DUQUES VIAJERO”

Se trata de una actividad de aproximación a la literatura de viajes que consta de las siguientes etapas:

  • Lectura colectiva en clase de la novelita de Jordi Sierra y Fabra titulada Kafka y la muñeca viajera.
  • Siguiendo el modelo del libro, cada alumno y alumna diseña, redacta y elabora en un DIN A3, apaisado y doblado como un cuadernillo de cuatro caras, una carta enviada a ELSI (una Elsi de la edad que el emisor o la clase determine y que tiene algún tipo de relación con el emisor). La envía desde una ciudad que previamente haya elegido. La carta estará formada por texto escrito, dibujos, fotos, entradas, recuerdos… de la urbe seleccionada.
  • En cada clase se leerán y colgarán (como cuadernillos) las cartas elaboradas.
  • Cada clase elegirá dos cartas para enviar a la exposición de la biblioteca. Los criterios de selección serán:
    • Calidad del texto (originalidad, corrección, estructura adecuada…)
    • Originalidad del diseño y elaboración.
    • Interés y exotismo de la ciudad seleccionada.
  • La mejor carta será escaneada e incorporada a la revista del Instituto.

Kafka y la muñeca viajera

Jordi Sierra i Fabra se inspiró para escribir Kafka y la muñeca viajera (publicada por Ediciones Siruela, con ilustraciones de Pep Montserrat) en un episodio real de Franz Kafka, del que sólo nos han llegado las referencias de la que entonces era su compañera, Dora Dymant. Un año antes de su muerte, paseando por el parque Steglitz, en Berlín, el autor de La metamorfosis encontró a una niña llorando desconsolada: había perdido su muñeca. Para calmar a la pequeña, se inventó una peculiar historia: la muñeca no se había perdido, se había ido de viaje, y él, convertido en cartero de muñecas, tenía una carta que le llevaría al día siguiente al parque.

Aquí tienes el comienzo de la novela (Premio Nacional de Literatura infantil y juvenil en 2007):

“PRIMER SUEÑO: LA MUÑECA PERDIDA

                                                a

Los paseos por el parque Steglitz eran balsámicos.

Y las mañanas, tan dulces…

Parejas prematuras, parejas ancladas en el tiempo, parejas que aún no sabían que eran parejas, ancianos y ancianas con sus manos llenas de historias y sus arrugas llenas de pasado buscando los triángulos de sol, soldados engalanados de prestancia, criadas de impoluto uniforme, institutrices con niños y niñas pulcramente vestidos, matrimonios con sus hijos recién nacidos, matrimonios con  sus sueños recién gastados, solteros y solteras de miradas esquivas, solteros y solteras de miradas procaces, guardias, jardineros, vendedores…

El parque Steglitz rezumaba vida en los albores del verano.

Un regalo.

Y Franz Kafka la absorbía, como una esponja, viajando con sus ojos, arrebatando energías con el alma, persiguiendo sonrisas entre los árboles. Él también era uno más entre tantos, solitario, con sus pasos perdidos bajo el manto de la mañana. Su mente volaba libre de espaldas al tiempo, que allí se mecía con la languidez de la calma y se co­lumpiaba alegre en el corazón de los paseantes.

Aquel silencio…

Roto tan sólo por los juegos de los niños, las voces maternas de llamada, reclamo y advertencia, las palabras sosegadas de los más próximos y po­co más.

Aquel silencio…

El llanto de la niña, fuerte, convulso, repentino, hizo que Franz Kafka se detuviera.

Estaba muy cerca de él, a pocos pasos, y no ha­bía nadie más a su alrededor. No se trataba, pues, de una disputa entre pequeños, ni de un castigo de la madre, ni siquiera de un accidente, porque la niña no tenía signos de haberse caído.

Lloraba de pie, desconsolada, tan angustiada que parecía reunir en su rostro todos los pesares y las congojas del mundo.

Franz Kafka miró arriba y abajo.

Nadie reparaba en la niña.

Estaba sola.

Se quedó sin saber qué hacer. Los niños eran materia reservada, entes de alta peligrosidad, un conjunto de risas y lágrimas alternativas, nervios y energías a flor de piel, preguntas sin límite y ago­tamiento absoluto. Por algo él no tenía hijos.

Pero todo aquel sentimiento…

La niña tendría unos pocos años. Le resultaba difícil calcular cuántos. La edad de las niñas pe­queñas era un misterio. Sí, exacto, justo esa edad indefinible en la que siguen siendo lo que son aun estando en el umbral del siguiente paso. Ves­tía con pulcritud, botitas, calzones, camisa con cuello de encaje, chaquetilla tres cuartos por la cual asomaba una falda llena de volantes. Su ca­bello era largo, oscuro, y lo recogía en dos primorosas trenzas. Era guapa, como todas las niñas pe­queñas. Guapa por ser primavera de la vida.

Aunque ahora aquellas lágrimas convirtieran su rostro en una suerte de espantosa fealdad.

Franz Kafka permaneció quieto.

¿Qué hacía una niña tan pequeña allí sola? ¿Se había perdido? Si era así, tendría que tomarla de la mano, tranquilizarla, y buscar juntos un guardia que la acompañara. Pero ¿cómo se tranquilizaría la niña si un desconocido le hablaba, la tomaba de la mano y echaba a caminar con ella? ¿Acaso no sería peor?

No, lo peor sería marcharse, irresponsablemente, y dejarla en mitad del parque.

Imprevisibles niños.

El llanto era tan y tan dramático…

Nunca había visto ni oído llorar a nadie de esa forma.

Se resignó, porque muchas veces la vida no dejaba alternativas. Era ella la que marcaba el camino, así pues, dio el primer paso en dirección ala pequeña, se quitó el sombrero para parecer menos serio, e iluminó su rostro con la mejor de sus sonrisas.

Probablemente, a pesar de todo, tuviese cara de dolor de estómago, pero eso era irremediable y carecía de importancias.

Franz Kafka se detuvo delante de la niña.”

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Responses

  1. El Duques ha viajado por el mundo de la mano de una muñeca…Gracias a todos


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