Posteado por: bliques | noviembre 22, 2011

ELLING

El pasado viernes diecinueve de noviembre pudimos asistir a una obra “de locos”. Carmelo Gómez y Javier Gutiérrez interpretaban, a ritmo de una melodía de piano, a dos hombres de unos cuarenta años de edad que vivían en un hospital psiquiátrico y a los que el Gobierno había decidido instalar en un piso tutelado para que se integrasen en la sociedad y llevasen una vida normal, pues de lo contrario deberían regresar al hospital.

Las formas de ser de Elling (Carmelo Gómez) –celoso, dependiente, frágil, soñador y poeta – y de Kjell (Javier Gutiérrez) –obsceno, fuerte y, desde mi punto de vista, algo inculto- contrastan constantemente en escena y hacen ver al público que, pese a todos los defectos que puedan encarnar, son personas, más o menos cuerdas, pero personas al fin y al cabo, complejas como todas y que merecen por consiguiente el respeto del que muchas veces se les priva. Puede que no sea este el mensaje principal de la obra, pero creo que más allá de las risas, groserías, insultos o de la abundante expresión “puta vida” en boca de Kjell, es una obra con profundidad que ansía dar qué pensar a todo aquel que decide asistir a la representación.

Aunque mi primera impresión fue que no me había gustado mucho, tal vez porque era demasiado extensa, no menospreciaré en ningún momento la buena actuación de cada uno de los actores. Es destacable, sobre todo, la de los protagonistas, pues se han logrado introducir en el papel e imitar esa imagen del demente que tenemos en nuestra imaginación, perfeccionándola en todos los ámbitos, con movimientos firmes, voz clara (excepto algún momento en el que tuve que preguntar a mi compañera de al lado qué había dicho) y alusión a todos los sentidos.

En cuanto a la puesta en escena, diré que era bastante sencilla (de hecho acomodaron los laterales del escenario para el público) pero lograron sacar el máximo partido a un decorado de dos camas y una mesa y captar mediante oraciones filosóficas o movimientos groseros la atención del público, logrando que unos se riesen cuando comían un plátano y otros, como yo, recordasen una intervención que me pareció muy interesante: “Un libro no es obsceno por sí solo sino que necesita de la imaginación de quien lo lee.”

Ahora no puedo evitar preguntarme si verdaderamente los locos están tan “chiflados” o si es un tópico más de esta sociedad nuestra.

RAQUEL BADILLOS RODRÍGUEZ (2º bachillerato)

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